La hora del té

S

A la hora del té hay una luz espectacular en la terraza del desván. Ayer, después de comer, vi un avión atravesar el atardecer. Su estela blanca en el cielo se fundió al mismo tiempo que el sol descendía.

En realidad no es que me gusten los atardeceres. Es decir, me gustan, pero no tanto en sí mismos sino en cuanto a la quietud que transpiran. Parece que el pulmón del mundo se relantice, que la diástole del planeta se sostenga en una pausa elástica, sin prisa ni tensión. Los pájaros son los animales que mejor saben aprovechar ese momento. Alzan el vuelo desde sus escondites, desde las ramas, los cables de la luz, las tejas rotas. Alzan el vuelo en un salto de multitudes. Pían y aletean en una danza sincronizada como si se tratara de un solo ser que se lanza al vacío. En verano, cuando la temperatura acompaña y se puede salir a la terraza siento sus plumas cortando el aire por encima de mi cabeza cruzando de un lado a otro el tejado. Puedo imaginarme dentro del agua, como un astronauta avanzando en el fondo del mar con un banco de peces entre mi cabeza y la superficie.

No es el atardecer, no, si no su luz y la quietud que irradian. Esa especie de membrana a través de la cual se ingresa en otro mundo, el de la noche. Pero también me cautiva el alba. De hecho, es más auténtica, menos prostituida, probablemente porque no la transitan tantos ojos, tantas poesías, tantos objetivos de cámaras. Los turistas y los enamorados dormitan cuando el sol se levanta. Por eso es algo único, como contemplar una lluvia de estrellas, o cenar con velas mientras en la tele se juega el partido del fin del mundo. Sabemos que somos únicos contemplando algo que es extraordinario.

En realidad, de todo ello lo que me fascina es la luz, pero no la luz plana del desierto, la luz uniforme sin matices ni sombras, sino la luz cercenada, la que nutre de vida a las formas que horas antes o después serán rígidas, precisas y definidas.

La sensación que tengo es la de contemplar un cuadro infinito, el homólogo en pintura al Libro de Arena de Borges, que no tiene marcos, ni principio, ni fin, porque se va repitiendo día tras día.

Confieso que hay algo malsano en este acto contemplativo, malsano porque excluye la acción y la participación de la vida en el instante que ocupamos (nuestra vida entera no es más que eso, un instante) y a veces tengo la tentación de adentrarme en el cuadro como el maestro Wag Fo (Cuentos Orientales de Margarite Yourcenar). Pero a diferencia del maestro yo solo soy un pequeño saltamontes, y en ese sentido mi mayor impedimento para untarme y formar parte del mismo óleo, es mi incapacidad para distanciarme de mí mismo. Reírme de mí mismo, empatizar con el otro y mirarme por encima del hombro. No puedo o no sé aceptar lo insignificante que soy.

Tal vez por eso escriba (además de para enterderme), para sentirme importante controlando algo, una pequeña parcela de mundo aunque sea de ficción y solo exista en mi cabeza.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s