Oro, supernovas, cómics y poesía

Nunca he entendido la fascinación por el oro. Sí, es brillante y eso atrae a las urracas, pero me parece absurdo que la historia de la humanidad esté teñida de sangre sobre un mineral que, además, ni siquiera tiene propiedades al margen de las estéticas cuyo gusto, insisto, nunca he compartido… hasta el otro día.

wathchmen

Fue leyendo el cómic Watchmen (Los Vigilantes, Gibbons y Moore, 1986). La primera novela gráfica.

Una serie que nació en los 80 cuyos creadores adaptaron la figura del superhéroe a unos criterios de realidad. “El cómic surge de una pregunta: si hubiera superhéroes, ¿por qué alguien se pondría un traje? Siempre partimos de que es gente buena y que lo hacen sacrificándose para combatir el mal… Pero es poco creíble: también está el darse el gustazo de ser un superhéroe aclamado y olvidamos que son psicópatas sedientos de adrenalina… Juegan con que en realidad necesitamos héroes, gente capaz de superarse a sí misma, de darnos ejemplo, eso nos atrae… Y sí, de ese tipo de héroes necesitamos algunos en política hoy”.

Aunque se me pasó la edad para los cómics de superhéroes decidí echar un vistazo. No voy a ensalzarlos porque no soy experto en cómics y porque su obra ya es sobradamente prestigiosa. De hecho, no habría mencionado su lectura si no fuera por una anécdota. En un momento determinado uno de los protagonistas pasea melancólico por la superficie de Marte con unas reflexiones que recuerdan a las del replicante de Blade Runner en el momento de enfrentar la muerte. Mira hacia el cielo y observa una supernova, “es allí donde se forma el oro”. Esta frase entrecomillada me deja fuera de juego. Pienso que hay algo que se me ha escapado de la trama, que no he comprendido, porque me cuesta creer semejante afirmación. Pero los guionistas no se han inventado nada.

La explicación tiene que ver con reacciones nucleares y cambios atómicos en el interior de una estrella, transformaciones que acaban por hacerla explotar formando lo que llamamos una supernova. Los restos de esta explosión crearán nuevas estrellas y cuerpos celestes como el propio sistema solar en el que habitamos, y parte de esos gases se solidificarán en lo que conocemos como oro. La composición del oro es peculiar en cuanto a que no le afecta la oxidación y es prácticamente imperturbable por el paso del tiempo, de ahí que la máscara de Tutankamon se mantenga como el primer día y continúe haciéndolo por tiempo infinito. Con este conocimiento se hace más evidente la quimera de los alquimistas por descubrir la piedra filosofal, la fórmula que convertiría el plomo en oro. Precisamente debido a su formación podemos afirmar que la cantidad de oro que hay en el planeta es limitada y las joyas que hoy en día se forjan provienen de oro que fue extraído de las minas de León por los romanos, de la selva amazónica o de otras vetas extinguidas. Tal vez tu anillo de compromiso está hecho con la materia del Zeus robado en el Partenón de Atenas, o con un collar de Cleopatra. En todo caso, son los restos de una explosión ocurrida en la noche de los tiempos, cuya luz brilla en tu dedo.

Después de todo esto continúo aborreciendo el FMI, el Banco Mundial y a los fenicios que comenzaron esta aberrante fórmula de comercio y especulación que nos está llevando a la desigualdad más absoluta, pero ahora respetaré más a un mineral por lo que es, y no por su forma o valor monetario.

Si han llegado hasta aquí creo que vale la pena que no bajen de las estrellas, y que lean este poema de Carlos Marzal. Los poetas a veces tienen la dicha de convertirse en el rey Midas.

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