La vida simple, de Sylvain Tesson

Poco después de haber leído la novela gráfica sobre la vida de Thoreau, me llegó por la prensa la noticia de la traducción al español de otro escritor que se había recluido en una cabaña a orillas de un lago. Se trata de Sylvain Tesson, viajero y escritor francés que ganó en 2011 el premio Médicis de ensayo con La vida simple (Alfaguara 2013), el diario de sus seis meses de reclusión voluntaria en una cabaña a orillas del lago Baikal. o-SYLVAIN-TESSON-570

Al margen de preferencias literarias, lo que llama la atención de este galardón es la etiqueta de género que se le otorga. Efectivamente no se trata de una obra de ficción, pero calificar de ensayo a este diario de viaje resulta un tanto aventurado. Podría definirse ensayo en el sentido de experimento tal y como el mismo autor define los seis meses que pasará alejado del mundanal ruido con la intención de, según sus propias palabras, saber si tiene vida interior. Pero no deja de ser un experimento controlado, un ensayo de laboratorio en una cabaña rústica que él equipa con todo lo necesario para tener un mínimo de las comodidades de las que huye (placas solares para tener electricidad, portátil, teléfono por satélite y un camión cargado de provisiones) cuidándose de avisarnos a cada capítulo de todos los peligros que acechan la vida en los bosques y a los que se expone igual que un aficionado a los deportes de aventura convenientemente equipado.

El inventario de este equipo nos es ofrecido en las primeras páginas del mismo modo que la lista de libros que le ha de acompañar, entre los que se encuentra Walden de Thoreau, aunque Tesson nos confiesa que le molestan sus “sermones de contable”. Las anotaciones en su diario nos ofrecen reflexiones sobre el impresionante paisaje, la rutina de su vida apartada y los diálogos interiores que le provocan sus lecturas. Esta propuesta, a priori interesante, queda desdibujada cuando pone de relieve una voz afectada y personalista que parece recrearse en un nuevo inventario: el de los males de la sociedad y las virtudes de la reclusión en los bosques, todo aderezado con sus juicios cargados de filosofía banal y comentarios supuestamente ingeniosos a los que deben hacer referencia las reseñas de la contracubierta cualificándolos de “desternillante humor” y cosas por el estilo.

A decir verdad, las reseñas que han acompañado el lanzamiento de La vida simple son tan benévolas con el texto como notas de prensa redactadas por el editor, limitándose a describir las circunstancias en que se escribe el libro sin detenerse en cuestionar la voz que lo ha de dotar de sentido. Y la sensación que a uno le queda cuando pasa la última página es la de haber asistido a la exhibición impúdica de Tesson en la que él mismo se responde sobre la cuestión que le llevó al lago Baikal: la soledad está bien, pero sería perfecta si tuviera alguien a quien relatársela. La puntilla la pone hacia el final del libro, cuando su novia le envía un sms por satélite con el que da por finiquitada su relación. Las lamentaciones, el supuesto papel salvador de sus dos perros y la mención de un hipotético suicidio con la pistola de bengalas anti osos provocan cierto sonrojo en el lector y uno se pregunta si era necesario incluir este pasaje y por extensión el resto del texto.

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2 Comments

    1. Ojo, que los gustos son muy suyos. Yo, en todo caso, puestos a leer lo cogería de la biblioteca. Y otra cosa, a lo mejor he sido un poco puntilloso, en todo caso es una lectura más interesante que novelas de 700 páginas de cuyo nombre no quiero acordarme.

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