Escuela de volar

Volvemos de la escuela en bicicleta. El tiempo ha cambiado. Por fin el otoño se hace notar en el color de los árboles y cubro a Elia con un poncho sobre su chaqueta para que no coja frío. De camino a casa siempre rodeamos una plazoleta para evitar unos árboles. Una colonia de estorninos se ha instalado en ellos y el suelo está lleno de sus excrementos. Nos detenemos en el semáforo y los pájaros levantan el vuelo en ese preciso instante. Son livianos, pero en tal cantidad que las ramas parecen desprenderse una gran carga. Algunas hojas se desprenden para caer al suelo, el resto se agita despidiéndolos. Ellos, alas abiertas, rodean la plazoleta en sentido inverso al nuestro, pasan sobre nuestras cabezas y cruzan la calle por encima de los tejados. Son una nube animada, un ejército de trinos que bailan en el aire. Se los señalo a Elia, pero no hace falta, ella los sigue con la mirada desde el primer momento.

-Hacen escuela de volar –dice.

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