Franco y las redes sociales

En un artículo de 1975 Natalia Ginzburg echa en cara al Papa el no haber visitado a Franco para impedir la ejecución de 5 condenados a muerte. Ginzburg le reprocha haberse limitado a escribirle unos protocolarios telegramas en lugar de abandonar por unas horas su palacio del Vaticano, arremangarse la sotana y hablar cara a cara con el dictador.

Lo primero que me sorprendió de esta lectura fue encontrarme con la mención de Franco por un autor extranjero. El libro Ensayos recoge las reflexiones intelectuales de Ginzburg, pero también deja ver su opinión sobre cuestiones  de actualidad (década de los 60 y 70). Pienso en 1975, cerca ya la muerte de nuestro repugnante dictador, e imagino la expectación de Europa hacia nuestro país, un poco como sucede ahora con Crimea, ojo del huracán, foco de todas las miradas.

La crítica de Ginzburg es sobre el medio que utiliza, probablemente la manera más inmediata de comunicarse en aquel momento, pero también la más impersonal y liviana: un telegrama. En realidad no sé si alguna vez he visto alguno. En todo caso nunca lo recibí y tampoco lo envié. Hay toda una arqueología de la comunicación: las señales de humo, las palomas mensajeras, las míticas postas, los correos a caballo, la cornamusa… uno tras otro medio revolucionaron las comunicaciones propiciando avances científicos, intercambios intelectuales y dando juego a no pocas y jugosas relaciones personales (Las amistades peligrosas, en la ficción, o las Cartas para Theo, que escribió Van Gogh a su hermano…).

Después llegó el teléfono haciendo que las palabras corrieran más que las piernas, algo así como la fábula de la tortuga. Cuánto consuelo para los inmigrantes. El teléfono de mi pueblo estaba en el bar, debajo de las escaleras. Había que agacharse y taparse la otra oreja para poder escuchar por encima de la algarabía del local. Es curioso, a medida que los medios de comunicación nos acercan, las personas tomámos más distancia, nos vamos más lejos como si la cuerda invisible de las relaciones se estirase, estirando también la frecuencia de los viajes y los encuentros, como si ese sucedáneo de contacto (las palabras, su sonido y su impronta en el papel o en la pantalla) pudiera suplir el tacto, la mirada, y ese aura que se extiende entre las personas cuando se miran a los ojos.

Ahora la cuerda se ha convertido en una red, es bien sabido: el Papa escribe en twitter. Y me parece bien, no soy un reaccionario, pero me acuerdo de un libro que me regalaron donde la dedicatoria decía así:  si decides buscarme, no te detengas nunca.

Pues bien, sé que me he ido por los cerros de Úbeda (lugar al que algún día tengo que ir para perderme), pero todo esto venía a colación de que las redes sociales están bien, facilitan y multiplican el contacto, pero si algún día me buscas, no te quedes enredado en ellas. Hace un día estupendo para darnos un abrazo y compartir unas sonrisas.

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