Leer, minería de los sentidos

Hay libros que te ponen sobre ruedas. Líneas de letras como raíles de tren. Párrafos, páginas enteras sobre las que nos deslizamos en una suerte de matriz andante en la que nuestros ojos encuentran acomodo. Libros que nos abren a viajes a través de una voz.

Confieso, sin embargo, que cada vez me cuesta más encontrar ese tipo de lecturas, aunque no creo que sea culpa de la literatura en sí, sino de las secuelas ineludibles que conlleva vivir. Es cierto, cada vez me cuesta más sorprenderme ante una obra de arte, sea cuadro, libro o película.anne-michaels

Hace poco una amiga de mi edad compartía conmigo sus miedos tras su última relación rota. Llegados a la mitad de la vida empieza a temblar el pulso ante la soledad, pensaba. Pero no era eso lo que la preocupaba. Su inquietud era perder la capacidad de enamorarse, como si el corazón tuviera una serie de latidos asignados para la vida, y otros tantos para el amor. Ni uno más.

En ese sentido debo confesar que me siento afortunado. El simple hecho de ser padre otorga un estado de enamoramiento perenne, incondicional, puro, que no había sentido antes. Sin embargo, y volviendo al terreno del arte, nuestra capacidad de maravillarnos mengua con la suma de años y de experiencias vividas.

En el terreno de la literatura casi todos los consejos a jóvenes escritores sugieren, por encima de todas las cosas, leer, leer y leer. En mi adolescencia literaria miraba con desconfianza a los autores encumbrados que insistían en esta proclama incluso por encima de escribir propiamente. Me parecía un engaño, como si estos autores jugaran al despiste para quitarse de encima futuros competidores. Con la distancia no solo siento la evidencia de esos consejos, sino que veo su continuidad en el tiempo. Por mucho que lea renunciando a escribir, amar o dormir, jamás abarcaré con mi mirada el pensamiento de la humanidad –por no hablar de la ingente producción de novedades- y sin embargo, la evidencia de esa derrota no me rinde. Si acaso me desanima encadenar varias lecturas insulsas con las que no logro conectar. La enorme mina que es una biblioteca está llena de carbón, pero contiene también piedras preciosas que muestran una veta interior por donde nuestras propias palabras encuentran la energía para fluir.

piezasAsí percibo a mi último hallazgo, Anne Michaels, una poeta canadiense que conocí a través de un hilo en internet. Primero leí “Buceadores de la piel” y de ahí salté a la novela “Piezas en fuga” (que estoy leyendo ahora mismo). Y ya tengo encargado “El peso de las Naranjas”, su poemario más celebrado.

No es casual la imagen de la mina. Una de las características del lenguaje de Michaels es el uso de un campo semántico relacionado con los minerales. Desconozco si la autora tiene formación de geóloga, pero emplea con exactitud científica no solo las palabras, sino la fisiología de la materia que desgrana en bellas imágenes. En su novela “Piezas en fuga” uno de sus protagonistas, Athos, es un geólogo humanista, un arqueólogo poeta que pone en riesgo su vida para salvar la de Jakob, un niño judío en el contexto de la Polonia ocupada por los nazis.

Reconozco que el Holocausto es un tema que me resulta tan escalofriante como explotado, y por tanto, nada seductor a mis ojos de lector. Digamos que no preciso que nadie más intente convencerme de la barbarie a la que es capaz de llegar el ser humano. Y ya que seguimos escribiendo después de Auschwitz, al menos no tengo intención de abundar más sobre el tema. De hecho desconocía que “Piezas en fuga” tuviera algo que ver con el exterminio judío, y sin embargo es una novela que recomendaría encarecidamente tanto a alguien que quiera asomarse a las ventanas del horror, como a cualquier lector que quiera enamorarse de una novela por el uso del lenguaje que encierra.buceadores

En cuanto al poemario “Buceadores de la piel” tiene en común esa retórica mineral, ese sumergirse en la raíz del ser a través de las palabras con precisión arqueológica. Ambos, novela y poemario, capaces de abrir las esclusas para que las palabras propias fluyan, igual que en un estuario se mezclan la sal del mar con el barro y el agua dulce del río.

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