Paisaje bajo las aguas

Los ríos tienen algo de extraño. Los ves saltar de piedra en piedra y no puedes imaginar que un día vayan a morir en una playa perdida. También cuesta creer que una crecida pueda inundar pueblos, o que su cauce sea el camino dibujado por el agua durante miles de años. Pero si algo me llama la atención por encima de todo son sus nombres. Así como las grandes montañas reciben distintos según las lenguas de los pueblos que las rodean, los ríos, pese a su naturaleza inasible y su tránsito de kilómetros, poseen un mismo nombre que se conservan a lo largo de sus orillas. Como si hubiera un respeto por el espíritu que habita el agua que ni siquiera los inquilinos de la tierra se atrevieran a mancillar: Ebro, Éufrates, Rin, Orinoco, Nilo, Yang-Tse.

abu simbelMe temo, sin embargo, que ese respeto reside en la noche de los tiempos, cuando el mundo era un mapa mudo y el hombre aún no había desarrollado el sentido de la propiedad y la capacidad para moldear la naturaleza. Toda esta reflexión viene a raíz de mi última lectura: En la cripta de invierno, de Anne Michaels, autora de la que ya hablé hace unos meses. Esta segunda novela (tal vez no tan brillante como Piezas en fuga, pero igualmente rica en destellos) habla de la construcción de la presa de Asuan en Egipto. De cómo el templo de Abu Simbel fue trasladado piedra a piedra para que no quedase anegado bajo las aguas. La historia del ingeniero responsable de su construcción nos remite a la construcción de otras presas, y con ellas a la tragedia para miles de familias a lo largo del tiempo que tuvieron que trasladarse dejando tierras de labranza, hogares y paisajes para asentarse en otras latitudes desposeídas de la historia de sus afectos. La prosa de Michaels continúa siendo acuática y precisa, una mezcla que hilvana los sentimientos con hilo de seda, pero sospecho que el tema también ha influido en la profunda afectación que está teniendo en mí. No en vano echo la mirada atrás y pienso en las novelas que he leído y que tienen la construcción de una presa como eje de su argumento, y me cercioro del interés que en mí despertaron.

La primera de la que tengo memoria es Camí de Sirga de Jesús Moncada, una novela impresionante en cuanto a estructura y composición, una saga situada en el desaparecido pueblo de Mequinensa donde Moncada desarrolla una estupenda historia en la que, pese a la aflicción por un escenario condenado a desaparecer, logra inyectar de un inteligente sentido del humor.

Un tono bien distinto al de Akira Yoshimura que nos describe en el Convoy del agua los conflictos entre los aldeanos de un pueblo condenado y los obreros de la presa. La tensión nace desde el comienzo cuando los ingenieros llegan con la maquinaria y descubren una aldea recóndita de la que no tenían constancia. El clima de desconfianza y la atmósfera opresiva de los bosques crean una novela brumosa donde conviven los secretos de los pobladores con las mezquindades de los obreros. La pulsión máxima llega con la relación entre un trabajador de la presa y una joven del pueblo, y el posterior linchamiento de esta última por traidora. Sin embargo, es en el traslado del cementerio donde radicará la mayor img_portadadificultad.

La casa de las almas era el título que tenía una exposición del CCCB referida a la arquitectura  de la muerte a lo largo de la historia de la humanidad. Anne Michaels lo plantea igualmente en su Cripta de invierno, no ya por el traslado de la tumba del faraón, sino por la de todos los níveos fallecidos y enterrados en cementerios colindantes al Nilo: “De esta tierra, ¿cuánto es carne? Esto no tiene un sentido metafórico. ¿Cuántos seres humanos han sido entregados a la tierra?”. En una presa al norte de Canadá, nos cuenta, una mujer se negó a exhumar el cuerpo de su esposo, prefirió comprarse una barca y remar cada día hasta el centro del pantano para hablarle a su marido. Su herida sería que no podría reposar sus huesos junto a los de él. “Los mirlos salían en busca de comida, y luego no podían encontrar sus nidos. Durante semanas estuvieron volando en círculos inquietantes, un retorno continuo, como si pudieran abrir un agujero en el vacío”.

La serie francesa Les Revenants (los que regresan) se sitúa en un pueblo de montaña francés que ha cambiado su ubicación por la construcción de una presa. Sin embargo los guionistas cambian la melancolía del olvido por una historia de suspense. Los muertos regresan al mundo de los vivos en carne propia pero sin memoria, sin lograr entender qué hacen ahí ni qué les sucedió. Buscando respuestas, más que venganza, sumiendo a los vivos en una mezcla de alegría por el reencuentro y aprensión por su significado.

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Al ingeniero de la presa de Asuan le duelen los sedimentos del río que ya nunca podrán alimentar la orilla del mismo, los nutrientes que se perderán en el abismo de la nueva construcción faraónica, la sumisión del río que ha trazado su camino a lo largo del tiempo por encima de montañas, abriendo desiertos, regándolos.

He buscado en el Diccionario de símbolos de Juan Eduardo Cirlot y no aparecen las entradas Presa, Embalse o Pantano. Sin embargo me parece evidente toda la simbología oculta tras tus farallones de hormigón. El entramado de troncos de los castores contiene el breve caudal de un río igual que nuestro cerebro bloquea ciertos aspectos de nuestra vida. Los políticos que inauguran presas lo hacen en nombre del progreso, lo mismo que nuestro cerebro debe domar el material emocional para no inundarse con él. Detrás de esa contención quedan los paisajes que no volveremos a ver florecer, aquellos que si deseamos visitar será solo con los ojos del recuerdo, enfundados en un traje de neopreno y ejerciendo una apnea hasta donde el dolor nos permita llegar.

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