Cuento de Navidad

Hoy os voy a contar un cuento de navidad. Había una vez un papichulo al que toda la pirotecnia del turrón y del mazapán le dejaba más bien frío. El caso es que este papichulo tenía una niña de 5 años con los ojos llenos de copos de nieve, destellos de estrellas, renos, camellos y los peces en el río. El papichulo ingenió un astuto plan para acceder a los deseos de su princesa de tener un árbol, sin vulnerar sus propios principios. Lo primero que hicieron fue visitar una librería amiga y pedirle al librero uno de esos armatostes horteras donde las editoriales exhiben sus sombras de Grey, sus códigos Da Vincis y sus Harrys de turno. Sobre esa plataforma de cartón el papichulo quería pintar un árbol y decorarlo con bolas hechas de papel de colores y otros atrezos hand made. Detrás había una historia que contarle a su hija, claro:

El árbol era elemento de la naturaleza elegido por los antiguos para celebrar el solsticio de invierno. Su punta más alta señalaba la estrella polar, y las bolas doradas de los adornos simbolizaban los planetas del sistema solar que giraban alrededor del eje. Las ofrendas depositadas a sus pies propiciaban el inicio venturoso de un nuevo ciclo.

Hasta ahí todo bien.

El conflicto vino cuando descubrió que el display de las editoriales escupía todas las pinopinturas, hasta que probó con spray verde-abeto, blanco-nieve y marrón-tronco. Mientras se intoxicaba tapando las letras de Ken Follet pensó que estaba contaminando más que comprando directamente un árbol de plástico. Pero en fin, ya estaba hecho. El drama vino al día siguiente cuando se lo enseñó a su hija. La pintura se había ahuecado, agrietado y caído. Ante la mirada desconsolada del papi (ya no tan chulo) la niña se divirtió arrancando las escamas de cocodrilo que le habían salido al autor de Best Sellers.

eliaFinalmente, después de muchas vueltas, el papi decidió adoptar un arbolito de verdad haciendo la promesa a él y a su propia hija de que una vez acabadas las fiestas le devolverían la libertad a base de pico y pala en un rincón del Montseny.

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