Árbol genealógico

Un día haré un árbol genealógico.

Las raíces serán los cuentos de infancia, aquellos que inventaba mi madre y que yo le hacía repetir noche tras noche corrigiéndola cuando me cambiaba la trama. Aquella época en la que crees que las historias son rígidas como piedras y no moldeables como la vida propia.

Después, en el tronco, estarán los libros que espié a mi padre y mi hermano, los que pensé que jamás sería capaz de leer por sesudos y grandes. Inalcanzables como la edad adulta. En ese tronco, enrededados igual que nudos en la corteza, estarán los de la escuela, los que los profesores apuntaban con el dedo y la lengua. Lecturas tuteladas con aciertos y afectos, con agujeros y arrugas.

Más tarde, en las ramas, ya libre de emprender el camino del aire, estaban las lecturas de la universidad. Una bomba de racimo, una lluvia de estrellas fugaces, metralla que impactó en mi cuerpo cambiando su forma. Baile de ramas en mi cabeza.

Las hojas, las flores, los frutos, se han ido esparciendo en espirales que tal vez respondan a algún ciclo, pero que yo sólo puedo contemplar desde esa mezcla que da el azar y la voluntad. Las amistades, los paseos por librerías y bibliotecas, las estelas de una conversación y de una lectura que te lleva a otra, a otras.

Alguna noche haré un árbol genealógico.

En cada tramo estarán los títulos de los libros que han dejado su muesca en mi corteza, y en lugar del autor tendrá el nombre de la persona que los haya hecho entrar en mi biblio-vida-teca.

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