Azaña, picores y República

Es la Guerra Civil una historia que hemos visitado muchas veces. Un picor que periódicamente irrita zonas de nuestra piel. A mi hija le digo que no debe rascarse cuando le salen granos, yo, sin embargo, reincido una y otra vez.
Al fin y al cabo las irritaciones suelen ser síntomas de cosas más profundas ocultas bajo la piel: una mala alimentación, una enfermedad mal curada, un trastorno emocional…
Siendo muy parcos el picor de la Guerra tiene su epicentro en los muertos por las cunetas y en un partido político mayoritario que está orgulloso de la herencia del dictador. Ante semejantes indicios parece inevitable el uso a granel de la cortisona.
O rascarse pese al riesgo de abrir las heridas.

Vengo de transitar los 11 artículos que Manuel Azaña escribió en el exilio. Son 11 artículos que escribió para la prensa extranjera y que vienen recogidos bajo el titulo: “Causas de la guerra de España”azaña 2
En su celebrado “Soldados de Salamina” Javier Cercas abre el artículo periodístico de su investigación con la siguiente frase: “De todas las historias de aquella historia [la de la Guerra], sin duda la de Machado es una de las más tristes, porque termina mal.” y no voy aquí a contrariar a Cercas y a la tristeza inherente a la historia de Machado. Sólo me atrevería a decir que esa frase podría ser atribuida también a la historia de Azaña, quizás aún con más motivo porque tras su final el legado ha sido el del abandono y cierto escarnio. Machado goza de una tumba celebrada a la que yo mismo he ido a postrarme. Todo el mundo conoce Colliure (al menos sabe que Machado murió allí), o incluso podría recitar esos últimos versos encontrados en el bolsillo de su gabán.
A Azaña le negaron el entierro con la bandera republicana sobre su féretro. Francia ya estaba medio ocupada, y la parte francesa gobernada por el infame Pétain abrazaba a la España franquista. Al parecer, a Azaña le concedió un último reconocimiento el embajador de México en Francia: “Lo cubrirá con orgullo la bandera de México. Para nosotros será un privilegio, para los republicanos una esperanza, y para ustedes, una dolorosa lección.”
Los artículos de Azaña son también una lección. Primero de todo de contención. Pese a que su lectura es una de las más tristes a las que me he enfrentado, Azaña emplea un tono objetivo, nada afectado ni mucho menos victimista. Por no haber no hay siquiera revancha intelectual. No emplea la distancia que brinda el exilio ni el despecho de la derrota para cebarse con los que habían asesinado el sueño de la República y con él el de millones de españoles. En sus artículos disecciona las causas de la guerra y leyéndolos uno tiene la triste y desasosegante sensación, de que se encuentra instalado en un bucle de la historia.
En cuanto a las causas ajenas a la propia naturaleza de España, Azaña señala la incapacidad y negligencia de la comunidad internacional. La Sociedad de Naciones (antecedente de la ONU) fue incapaz de ir más allá que de hacer tibias declaraciones sobre la guerra. No censuró ni impidió a Italia y Alemania que colaborasen a su antojo con el bando sublevado mientras que, sin embargo, toleró el bloqueo de compra de armas a la República. La falta de implicación de Francia e Inglaterra fueron, a la postre, decisivas.
En los asuntos internos Azaña subraya las dificultades que pusieron los sindicatos aprovechando la sublevación para hacer su propia revolución antes de ganar la guerra.
En la misma línea Catalunya también estaba más pendiente de su propio régimen autonómico e intereses nacionalistas que en colaborar con la República.

Sobre las luchas cainitas entre españoles hay poco que decir, tanto o menos que con el asunto nacionalista. Ambos son males enquistados en este país que ningún gobierno ha sido capaz de gestionar satisfactoriamente. En cuanto al tema internacional el único giro que ha dado la historia es que a día de hoy España (la España heredera de esa guerra, y de esas injusticias políticas internacionales) no está en el lado de las víctimas. Es decir, países como Siria se romperán en mil pedazos, pero nosotros seguiremos haciendo declaraciones de intenciones sin intención de llevar nada a cabo.
azaña 3En conjunto, los artículos de Azaña destilan la tristeza fantasma de un tiempo que nunca llegó a vivirse. Su objetividad pone en entredicho la utopía revolucionaria que se vivió en las calles y el optimismo desmesurado con el que se percibía el desenlace de la guerra al principio de la misma. A menudo se rememoran los años de la II República como un momento brillante en la historia de España, y la contención inicial del alzamiento como un triunfo, antesala de un nuevo y más justo modelo social. Y es lícito soñar con Ítaca, aunque ésta estuviera más lejos de lo que en realidad estuvo jamás. Pero si se es fiel a la verdad el escenario de entonces era tan revuelto, partidista y enconado que pocas posibilidades habría tenido de triunfar.
Y sin embargo, pese al pesimismo, a estas alturas todos sabemos que lo importante no es llegar a las playas de Ítaca, sino cada paso de la travesía.

Creo que no volveré a decir a mi hija que no se rasque. Prefiero que se haga sangre a correr el riesgo de que le afecte la gangrena de la memoria.

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