Teoría del cuerpo enamorado

Me reencuentro con Epicuro 30 años después. Oí hablar de él por primera vez en el instituto. Y es curioso porque al filósofo del Jardín no estaba en el programa de Filosofía, sino en las páginas de “El árbol de la ciencia”, libro de Baroja que tanto me sedujo dentro de la asignatura de Literatura.

En esta ocasión también he hallado a Epicuro en un libro: “Teoría del cuerpo enamorado” de Michel Onfray, una disertación erudita, gozosa y a ratos beligerante, sobre el placer. A Onfray reconozco que ni lo había oído nombrar, así que pasadas unas cuantas páginas consulté su entrada en la Wikipedia para contextualizar al autor. Entre otras cosas me llamó la atención su crítica al programa de Filosofía en la educación de su país, donde, a su juicio, se enseña Historia de la Filosofía, y no Filosofía en sí misma, es decir, que no se enseña a pensar, a querer saber. Precisamente ese es uno de los caballos de batalla de su libro en cuyo epílogo “Manifiesto por la novela autobiográfica” declara su filiación a aquellos filósofos que son ejemplo vital de su propio pensamiento, así como aquellos que sostienen un corpus filosófico aplicable a la experiencia.

En un tono irónico y belicoso Onfray regresa a la antigua Grecia para derribar sin contemplaciones el edificio platónico y su legado sobre el cristianismo. Frente al idealismo platónico Onfray ofrece una arquitectura del pensamiento materialista y reivindicativa del “Antiguo proyecto epicúreo: gozar del puro placer de existir.”

Comienza rechazando el concepto de falta a partir del cual estamos socialmente empujados a la complementariedad del otro. Pero no contento con ello ataca la noción de familia y la subyacente monogamia como una estructura de control, gregaria y limitadora de la libertad.

De hecho, la columna vertebral de su discurso es la libertad, y acude al término libertino en su primera acepción carente de la frivolidad que se le ha añadido posteriormente: “Pues el libertino designa al liberto que no pone nada por encima de su libertad. Nunca reconoce ninguna autoridad susceptible de guiarle, ni en el terreno de la religión, ni en el de las costumbres. Vive siempre según los principios de una moral autónoma lo menos apoyada posible en la dominante de la época y de la civilización en la que se mueve. Ni los dioses ni los reyes consiguen sujetarlo -menos aún, pues, uno o una compañera en una historia amorosa, sensual, sexual o lúdica-. Así, siguiendo el espíritu de la palabra, el libertinaje –ese arte de ser uno mismo en la relación con el otro- encuentra su primera forma en el materialismo hedonista de epicúreo”.

El discurso de Onfray se apoya continuamente en la vida y obra de filósofos de la antigüedad, pero también emplea un recurso de las fábulas clásicas, es decir, el uso de animales para ilustrar el comportamiento humano. Así frente al elefante monógamo o la abeja gregaria de sexo reproductor y socialmente útil, propone el pez masturbador, el cerdo y el erizo solitario como señas de una erótica solar y libre.

“Hay que dar al cuerpo lo que es del cuerpo para que el alma permanezca en la tranquilidad: he aquí el credo de los materialistas de la Antigüedad. Una dietética de las pasiones, de los deseos y de los placeres permite un trato apaciguado con el mundo.”

Para acabar les dejo con el caso del erizo:

erizo

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