Químeras, Sísifos y otros seres mitológicos. Una reflexión sobre deseo y civilización.

En todo proceso de civilización llega un momento de decadencia. Tras el estado de bienestar que ejerce de meseta en la línea de crecimiento, nos alcanza la inflexión, una leve pausa antes de la caída, como aquel objeto que es lanzado hacia el cielo confiado de alcanzarlo hasta que la gravedad lo reclama para sí. Ese instante que en la historia de la humanidad puede durar años, generaciones enteras, no es fácil de percibir al no ser que pongamos la perspectiva como filtro y reparemos en que la caída del Imperio Romano, el ocaso de Egipto y tantos otros, no son más que reflejos anteriores a nuestro tiempo presente.

Un tratado estético de filosofía zen se pregunta lo siguiente: “¿Cuándo llega finalmente a completarse el destino de algo? ¿Está la planta completa cuando florece? ¿Cuando se convierte en semilla? ¿Cuando la semilla germina? ¿Cuando todo se convierte en abono?”

Paralelamente una amiga experta en nutrición me comenta que cuanto más cerca se come el alimento de su semilla, más propiedades tiene. Las hojas del té blanco, por ejemplo, al madurar oxida sus hojas. Igual que la fruta cuando se la desnuda de su piel.

Todo esto me viene a la cabeza pensando en los instintos básicos. El deseo, ese señuelo que nos puso la vida para perpetuarnos sin contar con nuestra razón.

¿Qué es, pues, el deseo? ¿La semilla? ¿El inicio de una civilización encarnada en la figura de la pareja? Retomando las anteriores preguntas: ¿Cuándo llega finalmente a completarse el destino de ese deseo? ¿En la seducción?, ¿en el abrazo de la pasión?, ¿en la consumación?, ¿o en la separación de los amantes?

No existe la noción de conclusión. En el budismo la rueda a la que estamos aferrados tiene una salida con la iluminación. La tangente por la que escapar al eterno retorno de las aflicciones.

Quimeras, Sísifos y otros seres mitológicos.

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10 Comments

  1. Uf, no, el deseo no tiene nada de instinto básico. Que no nos hayamos parado a pensar en cómo se ha construido a lo largo de toda nuestra vida no significa que nos venga de serie, ni que responda mayoritariamente al mandato de la especie.

  2. Eso es muy schopenhaueriano. Que yo también me pongo muy determinista cuando quiero, ¿eh? Pero si fuera así, podría ser con cualquiera, y resulta que no.

  3. En el fondo creo que hablamos de los mismo. El deseo nos emplea para seleccionar la pareja que nuestro pobre cerebrín cree más conveniente para formar pareja y posteriormente reproducirse. Aunque desde la razón nos parezca un absurdo, es más, nos lleve por el camino de la perdición.

  4. sí, sí, es una manera rápida de resumir. yo lo veo como un mecanismo, pero una vez destapada la caja de Pandora el deseo campa a sus anchas. en ese sentido deberíamos “destrepar” el árbol de la evolución y saltarnos el famoso eslabón perdido quedándonos para siempre en la sociabilidad de los bonobos…

  5. Es que ya es una forma de sociabilidad. Por eso te digo que no puede ser solo un señuelo. Los señuelos no duelen: no hay en ellos expectativas, no crean vinculaciones problemáticas, no se hace de ellos una religión. Es una creación psicoafectiva como la copa de un pino.

  6. A mi juicio una cosa no está reñida con la otra. el deseo como algo inscrito (determinista, como tú dices) y desarollado en nuestra sociabilidad a través de nuestras necesidades psicoafectivas. La parte del dolor, religión y expectativas, que tú apuntas… ya depende de la forma que le dé el sujeto con sus propios recursos. Pero vamos… es sólo mi visión. Mi experiencia.

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