El páramo como papel en blanco

[conferencia ofrecida en el marco de las jornadas “La España despoblada” ; Córdoba, 20 de octubre de 2017]

De alguna manera siento la necesidad de explicar qué hago aquí. En el año 2015 gané el premio de novela juvenil de la Diputación de Córdoba con una novela llamada “Medianoche en el campanario”. La historia transcurre en un pueblo sin determinar, pero que es fácil ubicar en la meseta castellana. En la presentación de la novela durante la feria del libro de Córdoba, el poeta José García Obrero hizo un inciso sobre mi trayectoria, que él conoce bien, haciendo mención a mi último libro publicado, “Esquina de mundo”. José hilvanó puntos en común en lo que ha venido a ser una constante en mi mirada. Y no es otra que la atención sobre las cosas que desaparecen, sobre el momento en que se desmoronan, no los imperios, sino los pueblos, o los lazos con lo que nos queda detrás. “Esquina de mundo” es un libro de viajes. En sus páginas aparecen Mongolia, India, Senegal… pero sobre todo, sobre todo, Soria, y concretamente la comarca de Tiermes donde se halla mi pueblo, Montejo de Tiermes. Yo fui uno de esos hijos de emigrantes que regresaba una y otra vez durante los tres meses de verano y la semana santa al pueblo de mis padres. Para un chaval que ha crecido en la periferia de los ochenta de una ciudad como Barcelona, les puedo asegurar que el hormigón y el asfalto no podía competir con la puerta abierta en la casa del pueblo y la absoluta libertad para correr por calles y campos. Y sin embargo, a partir de una cierta edad uno abandona ese territorio mítico de la infancia por otros horizontes. En mi caso las vacaciones se convirtieron en viajes por el mundo. Montejo de Tiermes era el pueblo de mis padres y jpgyo lo apreciaba, pero… había mucho más que ver ahí fuera. Y sin embargo, en todos aquellos viajes había un denominador común, una huella que me llevaba de vuelta con el pensamiento a Montejo de Tiermes. Una anciana de la tribu basari del Senegal presentaba una extraña simetría con mi bisabuela Vicenta. Un chamán de Mongolia nos quiso leer el futuro con las tabas, esos huesecillos, el astrágalo de los corderos, con los que jugaba mi madre en su infancia. Y así, un viaje tras otro.  Pero no seguiré por aquí. Al fin y al cabo no he venido aquí a hablar de mi libro. Pero sí que tenía la necesidad, como dije al empezar, de explicar qué demonios hago yo aquí. El caso es que a raíz de la presentación de la novela juvenil mi libro acabó llegando a Alejandro López Andrada que tuvo a bien invitarme a estas jornadas entre escritores que admiro y han sido referentes en mi universo literario.

Y bien. Sobre lo rural los escritores solemos tener una mirada bucólica, o peor aún, melancólica. Cuando Alejandro López Andrada me propuso esta charla me puso también en un compromiso, porque me pidió un título a 3 meses vista, cuando yo aún no tenía ni idea de lo que iba a decir hoy, aquí. Así que improvisé y le propuse títulos ampulosos y poéticos relacionados todos ellos con el silencio, que es un asunto que me ocupa de un tiempo a esta parte, un asunto, por cierto, sobre el que volveré más adelante. Algunos de los títulos propuestos fueron: El silencio, habitante de la ruina, El margen y la palabra, o peor aún, El blanco alrededor del poema.

Y es que el vacío de la despoblación actúa en este país como el blanco que rodea, no el poema, sino el problema. Para mí, ciertamente el problema no es la despoblación, sino la desbordante densidad que se está intensificando en las grandes ciudades.

Nos encontramos en Córdoba, una agradable ciudad – excepto en verano- de 300.000 habitantes. Una ciudad como Barcelona, que es la ciudad que yo conozco, multiplica por 6 esa cifra, y eso sólo contando la ciudad propiamente, excluyendo el área metropolitana que cada vez se extiende más y más como una mancha de aceite. El concepto de sostenibilidad es a cada paso más difícil de aplicar en una urbe de estas características. Y hablo de Barcelona, pero por supuesto Madrid es mayor, como lo son Londres, México, Pekín. Y ya no me refiero a la dificultad para administrar debidamente los suministros de agua, luz o gas. Sino a la capacidad del habitante medio para sobrevivir. Las rentas en los pisos de Barcelona se han disparado. Después de la burbuja inmobiliaria que nos explotó en la cara allá por 2006, ahora se está inflando la burbuja del alquiler. Un migrante llegado a día de hoy debería volver a levantar chabolas en el extrarradio para tener un techo. De hecho es lo que está sucediendo en los solares de Barcelona o en los alrededores de Madrid. Y el fenómeno de la okupación no existiría si se garantizara el derecho a la vivienda como dice nuestra inviolable Constitución. La otra vía es hacinarse en pisos pateras. Los pisos que se van vaciando son sólo asequibles para oriundos, pero sobre todo extranjeros, con un nivel adquisitivo elevado. El problema es para los hijos que han de salir de la casa familiar para encontrar un mercado que no cuenta con ellos. De alguna manera se está dando lo mismo que en los pueblos: las familias conviven en el mismo hogar, con la diferencia de que en los pueblos normalmente era en una gran casa, mientras que en la ciudad es en un piso más bien chico.

Otras cifras: de 1800 a 2015, se ha pasado de los 910 millones de habitantes a los más de 7.300 millones actuales. La ONU prevé que en el año 2050 seamos aproximadamente 10.000 millones de habitantes. La urbanización y la desertización que conlleva albergar y dar alimento a semejante cantidad de personas es brutal. En el último decenio se ha talado tal extensión de bosque como la superficie que ocupa Francia. Cada diez años hay un agujero del tamaño de Francia en el planeta.

2Tal vez esté influido por las películas apocalípticas de mi juventud, cuando nos amenazaba la guerra fría. Pero no se equivoquen, yo no soy un pesimista, al contrario, yo tengo una fe ciega en la vida, y en la capacidad de regeneración que tiene la naturaleza. Así que confío en que una vez que hayamos agotado todos los recursos para la subsistencia de nuestra masificada especie, el planeta Tierra nos enviara a hacer puñetas y se regenerará por su cuenta.

Existe una Fundación que aboga por la extinción de nuestra especie. Atención, no hablo de holocaustos ni de suicidios colectivos, sino de extinción. Con sólo dejar de reproducirnos en apenas 80, 90… a lo sumo un centenar de años, los humanos habríamos desaparecido del paisaje. Imagínense por un momento ese paisaje. La hiedra trepando por el minarete de la mezquita, los campos de fútbol cubiertos por la maleza, las aves migratorias tomando un respiro en el estanque del Parque del Retiro. Yo sé que eso no va a pasar, es decir, que no vamos a extinguirnos por voluntad propia. Mi egoísmo me ha llevado a tener una hija y debo decir que la paternidad ha sido una de las experiencias más enriquecedoras de mi vida. Pero ¿con qué derecho la he traído yo a este mundo? En fin, eso ya está hecho. Seguro que también le sabrá encontrar cosas buenas a este planeta, que ojo, las tiene y muchas.

Pero pese a esta visión tremendista yo no sé si ese apocalipsis natural será algo que llegaremos a ver nosotros, si el planeta aguantará aún unos cuantos más envites. O, quien sabe, si seremos capaces de rectificar nuestro devastador avance. Entre tanto, yo creo firmemente que esa España vacía tiene mucho que aportar.

Es cierto, la palabra, la voz y sus bocas, han huido del campo dejándolo vacío con su silencio.  Pero ese silencio es al mismo tiempo una hoja en blanco y por tanto una oportunidad. Digo hoja en blanco aunque en realidad debería hablar de palimpsesto, es decir, un territorio en el que ya hemos dejado impresa nuestra huella a través de arados, pero cuya civilización se está diluyendo entre los borrones de sus pueblos abandonados.

Clipboard01Antes os decía que no quería caer en la melancolía, y sin embargo ahora os voy a pedir que me acompañéis en un pequeño viaje al pasado. Esta concha es del Periodo Cenomaniense de la Era Cretácica (hace 60 millones de años), y es la prueba de que mi pueblo a 1.157 metros sobre el nivel del mar, en plena meseta castellana, estuvo, un día, cubierto de agua. Las primeras pruebas de población humana en mi tierra son de la edad de bronce, yo no tengo ningún resto de este período, pero sí una ficha de juego, probablemente de unas damas, que empleaban los niños del siglo I después de Cristo en la ciudad romana de Tiermes. Y este último objeto es una taba, también de uso lúdico, para las niñas de la generación de mi madre en su pueblo.

¿Ven las distancias que hay entre un objeto y otro? Por supuesto que son distancias aproximadas, pero pretendo darles una idea de lo ridícula en el tiempo que es nuestra presencia en el planeta. Pretender que esta presencia se prolongue hasta el infinito es… como poco, ingenuo. Con esto no voy a decir que debemos abandonarnos al destino con resignación, sino que tenemos que dejar de intentar perpetuar estilos de vida insostenibles. Y me refiero a los modelos que hasta ahora se han dado en el campo y que, nos guste o no, están caducos, y me refiero también –sobre todo-, a los modelos que se están dando en las ciudades y que son contrarios a toda lógica racional.

Antes les pedí un salto en el tiempo, ahora, ya en el presente, les voy a pedir un salto en el espacio. Antes de ser padre estuve viviendo dos años en Francia. No fui a París como todo buen escritor en busca de glamour, sino a un pueblito más pequeño aún que el mío de Soria. La región en la que me encontraba es también una de las más deshabitadas del país, y por supuesto fundamenta su economía en la agricultura, la ganadería y el turismo. Lo que me llamó la atención es que en un pueblo donde ni siquiera había un bar, una tienda o una panadería, contaban, sin embargo, con 2 asociaciones culturales y –los más sorprendente- había niños por las calles. Es cierto, hay una población grande (ojo, de 6.000 habitantes, no se crean) a tan solo 9 kilómetros.

Pero lo que sostiene a la comarca es la ubicación, por parte del estado, de centros de salud y centros de educación especial. Aprovechando la escasa contaminación de la región han creado un centro de rehabilitación respiratoria que atiende a pacientes de toda Francia. Igual que un centro de rehabilitación neurológico infantil, o un centro de educación para menores con problemas sociales. La gracia del asunto es que para atender a todas las necesidades de los internos hay una gran diversidad de profesionales anclados en la región, lo que suscita una diversidad de intereses que repercuten en el ocio y al final en la economía del lugar.

No nos vamos a engañar. Los franceses son odiosos, pero en buena medida lo son porque tenemos mucho que aprender de ellos. El estado español ha invertido poco y mal en la España deshabitada. Entonces nos podemos quedar en el terreno de las lamentaciones culpabilizando a las administraciones y una vez descargados volver al bucle del escritor melancólico, o podemos poner luz sobre las iniciativas privadas o no, que las hay, y aprender de ellas.

Como vamos justos de tiempo sólo voy a mencionarlas muy por encima:

Pueblosenarte.com , es una plataforma que pretende llevar el arte al entorno rural. No como evangelización de los habitantes rurales, sino como oportunidad para los artistas de estar en contacto con un espacio natural, recogido y sosegado. Organizan actividades culturales, ofrecen talleres y formaciones, estancia de residencia artística, etc. Situado en Torralba de Ribota, Zaragoza.

El Hueco, empresa de coworking en Soria capital, que organiza Presura: la I Feria para la Repoblación que se celebrará en Soria los próximos 10, 11 y 12 de noviembre.

Casatiajulia.com , situado en Ciria, Soria. De casa de pueblo a refugio de ideas. La iniciativa de Nuria Rita Sebastián es una muestra de que el tesón y la imaginación no tiene límites. Una mujer que, como aquel que dice ha empezado la casa por el tejado, pero que tiene los pies en el suelo. Es mejor que sea ella quien les explique su proyecto.

Retomando el título de mi pequeña disertación “El Páramo como papel en blanco” IMG_20171023_085714efectivamente yo veo esta España deshabitada como una oportunidad para sembrar. Os decía al principio que el silencio es uno de los sujetos de estudio que me llaman poderosamente la atención en los últimos tiempos. Y es que considero el silencio como una tierra fértil para las ideas, tierra fértil para las palabras. Y del mismo modo el espacio vacío es también un terreno disponible para ser sembrado. Permitidme para acabar leeros un fragmento de “La memoria secreta de las hojas”, de la científica Hope Jahren:

[texto de H. Jahren en las imágenes que adjunto más abajo]

Yo no soy emprendedor, ni siquiera un jardinero. No sé cuándo ni cómo germinará esta semilla, pero sí sé que el fenómeno de la despoblación es solo un suceso momentáneo en la línea del tiempo, y el espacio vacío un papel en blanco, un vivero.

Muchas gracias por su atención.

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