Piedras, fósiles y libros

Me encuentro con un libro de montañismo en el que el autor hace unos apuntes sobre geología. Esto sería suficiente como para dejar su lectura de no estar interesado en uno u otro campo, y sin embargo la prosa de Robert Macfarlane es seductora. Además está aderezada con referencias a otros libros de viajes y a los viajes en sí mismos: desde Shackelton a Darwin, pero también tantos otros desconocidos (al menos por mí) y sin embargo tan o más interesantes.

El caso es que me topo con una página en la que Macfarlane intenta expresar lo que significa para él la disciplina de la geología desde una mirada, digamos, metafísica, e inmediatamente identifico este fragmento con lo que podría ser un supuesto prólogo a mi último poemario de poesía, Efímero fósil.

Las montañas de la mente, de Robert Macfarlane

“Comprender la geología, aunque solo sea un poco, es como disponer de unos 3prismáticos especiales con los que mirar el paisaje. Retrocedemos en el tiempo hasta un mundo en que las rocas se funden y los mares se petrifican, donde el granito deambula por ahí como gránulos de papilla, el basalto suelta burbujas como un guiso y las capas de caliza se doblan como si fueran mantas. Mirando por los prismáticos de la geología, la terra firma se convierte en terra mobilis y tenemos que replantearnos a la fuerza nuestras creencias sobre lo que es sólido y lo que no. A pesar de la gran capacidad que atribuimos a la piedra de mantener el tiempo a raya, de impedir los efectos de su paso (túmulos funerarios, tablillas de piedra, monumentos, estatuas), esa inmutabilidad sólo es cierta en relación con nuestra propia mutabilidad. Considerada en el contexto geológico más amplio, la piedra es tan vulnerable al cambio como cualquier otra substancia.

Y, sobre todo, la geología propone retos explícitos a nuestra comprensión del tiempo, hace temblar nuestro concepto del aquí y ahora. La vivencia imaginaria de lo que el escritor McPhee llamó memorablemente “tiempo profundo” –la idea de que el tiempo no se subdividía en días, horas, minutos y segundos, sino en millones o en miles de millones de años- aplasta el instante humano, lo reduce a una oblea. Al considerar las inmensidades del tiempo profundo, afrontamos de una forma exquisita a la par que espantosa el derrumbe total del presente, comprimido hasta la nada por la presión de pasados cuya dimensión somos incapaces de concebir. Es un espanto tan físico como cerebral, porque al reconocer que la dura piedra de una montaña es vulnerable al desgaste del tiempo supone, necesariamente, reflexionar sobre la fugacidad atroz del cuerpo humano.

Pese a todo, la contemplación del tiempo profundo tiene además un elemento curiosamente estimulante. Uno comprende que no es más que un destello en los proyectos más grandes del universo, cierto. Pero también compensa saber que uno existe, por insólito que parezca, uno existe.”

Y pienso en el poema que cierra el libro:

“Dicen las estrellas que los fugaces somos nosotros”

Efímeros,
-incluso estando inmóviles-
el tiempo nos atraviesa.
Él una estrella.
Nosotros firmamento.

Efímero fósil. La Garúa, 2018

 

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