La salvación de lo bello

Suelo diseccionar los libros que leo subrayando y luego volcando los párrafos más relevantes en esta casa de citas del blog. Sin embargo, con “La salvación de lo bello” de Byung-Chul Han tengo un serio problema: al acabar y repasar mis anotaciones compruebo que el texto seleccionado es extenso, muy extenso, sobre todo en relación a lo breve del ensayo, de apenas 100 páginas. Uno podría pensar que nos encontramos, pues, con un texto muy denso, pero no lo es en absoluto. Byung-Chul Han esquematiza su pensamiento sobre la belleza en capítulos cortos de títulos muy sugerentes que definen a la perfección su contenido y avanzan en un recorrido que se hace lógico y natural.

Para comenzar nos planeta el concepto de belleza actual como una idealización de lo pulido, lo liso, lo impecable, algo que tienen en común las esculturas de Jeff Koons, la pantalla de los smartphones o la depilación.jeff_koons_pompidou

No es una anécdota que de entrada mencione a un artista, a un dispositivo digital y a una práctica relacionada con la estética del cuerpo, pues el ensayo relaciona el concepto de estética en el arte, el de la vida digital y el de la sensualidad.

“¿Por qué hoy en día gusta tanto lo pulido? Porque no daña, no ofrece resistencia. Lo bello digital constituye un espacio pulido y liso de lo igual, un espacio que no tolera ninguna extrañeza, ninguna alteridad, ninguna negatividad.” En este punto del ensayo Han remite, sin citarlo, al concepto oriental de Wabi-Sabi que celebra la imperfección natural de las cosas como rasgo de belleza.

Rasgo, o carácter, es también otro de los conceptos que se manejan en el libro. Al admirar un ideal de belleza satinada, sin relieve, negatividad o resistencia, lo convertimos en un objeto del “me gusta”, abrazamos un criterio sin rasgo al tiempo que pulimos también nuestro propio carácter en un devenir hacia lo pusilánime.

Llegado a este punto Han ataca directamente a la sociedad de consumo señalando que el hombre sin carácter es el consumidor ideal, de la misma manera que el arte pierde su noción de belleza en el momento en que se le mercantiliza, y aquí aborda el concepto de sensualidad que antes habíamos anunciado: “Históricamente, la belleza solo fue relevante en la medida en que era expresión de moral y de carácter. Hoy, la belleza del carácter deja paso totalmente al atractivo sexual o sexyness. […] La sexualización del cuerpo no sigue unívocamente a la lógica de la emancipación, pues acompaña a una comercialización del cuerpo. La industria de la belleza explota el cuerpo sexualizándolo y haciéndolo consumible. Una identidad personal basada en resultar sexualmente deseable es un producto del capitalismo de consumo.”

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Y más adelante, también sin mencionarlo explícitamente, apunta al concepto de obsolescencia programada, al tratar la velocidad y voracidad en la cadena de consumo: cuán más pulido en su superficie, más vacío de contenido y por tanto menos duradero en el ansia bulímica del consumidor insatisfecho.

Opuesta a esta voracidad consumista se encuentra la estética hegeliana que él reivindica, donde lo bello se sustrae al consumo e invita al freno, a la demora, pues verdad y belleza son finalidad en sí mismas, y esa independencia les confiere libertad: “Para Hegel, ningún objeto de uso, ningún objeto de consumo, ninguna mercancía, serían bellos. Les falta esa independencia interior, esa libertad que constituye lo bello. El consumo y la belleza se excluyen mutuamente. Lo bello no hace propaganda de sí. No seduce ni para el disfrute, ni para la posesión. Más bien invita a demorarse contemplativamente.”

Más tarde citará a Schopenhauer y Spinoza para insistir en esa demora que permite la contemplación de lo bello, pues facilita el olvido de cualquier deseo saboreando la eternidad del presente, anulando el poder del tiempo (es decir, otorgándonoslo a nosotros mismos).

Esta actitud es tan contraria a la voracidad consumista que se erige casi en una anomalía, un lujo independiente al alcance sólo a través del carácter para evitar ser arrastrado por esa pendiente pulida y resbaladiza que arrastra nuestra civilización capitalista.

Es interesante el quiebro que hace más adelante hacia la labor del escritor: “su mirada poética descubre las ocultas relaciones amorosas entre las cosas”, mientras que el “internet de las cosas, que las conecta mutuamente, no es narrativo. La comunicación como intercambio de información no narra nada.” Algo que sucede también en el terreno anímico marcadamente reflejado en las redes sociales: “los sentimientos son narrativos, las emociones son impulsivas”. Los sentimientos están construidos mediante vivencias, la elaboración de recuerdos y el intercambio (diálogo) con los actores implicados, mientras que el impulso emocional es una exposición desvelada, sin elaboración, un teatro explícito y pornográfico versus la demora erótica y alusiva: “Al teatro pornográfico le falta lo dialógico.” “La pornografía evita rodeos. Va directamente al asunto. Por el contrario, lo que resulta erótico son los signos, que circulan sin revelar”

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[Ilustración de Petites Luxuries, donde se prima lo erótico velado que reivindica Han frente al teatro pornográfico de lo explícito]

“La capacidad de diálogo, de entablar una relación con lo distinto, es más, siquiera de escuchar, va menguando hoy en todos los niveles. El sujeto narcisista actual lo percibe todo solo como sombreados de sí mismo. Es incapaz de ver al otro en su alteridad. El diálogo no es una escenificación de desnudamientos recíprocos. Ni las confesiones ni las revelaciones resultan eróticas.” “La retina digital transforma el mundo en una pantalla de imagen y control. En este espacio autoerótico de visión, en esta interioridad digital, no es posible ningún asombro. Los hombres ya solo encuentran agrado en sí mismos.”

Por último, de la mano de Adorno, establece una relación entre la belleza natural y la belleza artística como “copia del silencio desde el que la naturaleza habla.”

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Ese silencio en el que demorarnos en la contemplación es también una invitación a la lentitud de la flecha que señala Han a través de las palabras de Nietzsche: “La lenta flecha de la belleza – La clase de belleza más noble es la que no nos cautiva de un solo golpe, la que no libra asaltos tempestuosos y embriagadores (esta provoca fácilmente el hastío), sino la que se insinúa lentamente, la que se apodera de nosotros casi sin que nos demos cuenta, en sueños.” La lentitud, un espacio opuesto al horror vacui en que andamos inmersos.

Han concluye que la salvación de lo bello pasa por la salvación de lo vinculante, es decir, no lo que somos en esencia, sino lo que nos une. Visto a través de su mirada, salvar lo bello no es un lujo, sino una prioridad. Una lección en estos tiempos de individualismo.

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