El caos verde. O un bosque.

“Los primeros árboles que recuerdo haber conocido bien fueron los manzanos y los perales que había en el jardín de la casa en que crecí.”

Así comienza John Fowles su ensayo “El árbol” (Impedimenta), para desmentir a continuación esta apariencia bucólica de su infancia en relación con la naturaleza. Al parecer, el padre de Fowles cultivaba una serie de árboles frutales en el pequeño jardín trasero de casa, pero su arte metódico para optimizar la producción de frutas estaba bien lejos de la naturaleza agreste que más tarde descubrió y aprendió a amar su hijo, hasta el punto de aborrecer cualquier intento del hombre por doblegar la esencia salvaje de la naturaleza.

Así, Fowles llega a identificar su proceso creativo como novelista con su manera de el-arbol-john-fowlesacercarse a los bosques, de caminar entre ellos. A la vez que plantea una mirada alejada de la objetivación científica que nos permita reencontrarnos con la naturaleza exterior en cuanto a la materia de la que nosotros mismos estamos hechos, y no como el elemento de estudio o de consumo en que la hemos convertido.

Os dejo a continuación alguna de las citas que he subrayado durante su lectura.

NOVELÍSTICA

He contado una y otra vez en diferentes ámbitos literarios y académicos que la clave de mi novelística, lo que puede llegar a hacerla valiosa, reside en la relación que mantengo con la naturaleza, y más concretamente en la relación que mantengo con los árboles. […] En cierta ocasión uno de los asistentes a una charla me dijo que si de verdad me sentía tan profundamente vinculado a la materia debería escribir más sobre ello. Pero lo que la naturaleza me aporta en mayor medida queda muy por encima de cualquier expresión verbal. […] Tratar de enunciarlo me alejaría de lo que más necesito. De lo que quiero aprender. En cierto modo es un poco lo que sucede en la física atómica, donde el mismo acto de observación cambia lo que se observa.

Me resulta bastante misterioso el hecho de que, para mí, los bosques nunca hayan sido un elemento estático. En términos físicos, yo me muevo a través de ellos, pero en términos metafísicos, son ellos los que parecen moverse a través de mí. Esta inversión mental del movimiento real, que sucede en cada uno de los viajes que hacemos, roza aquello que más me atrae del arte narrativo, desde la novela al cine, es decir, el desplazamiento de un presente visible a un futuro oculto.

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[grafías naturales]
No obstante, hasta los bosques más “ilegibles” son mucho más intensos que cualquier novela imaginable, ya que esta no podrá ofrecer jamás una verdadera multiplicidad de senderos entre los que elegir, sino tan solo un único camino.

Sin embargo, esa multiplicidad de senderos sí resulta muy característica del proceso de escritura en sí; de ese dilema que siempre plantea el proceso de creación. Detrás de cada trayectoria y de cada forma de expresión que uno finalmente elige, yacen los restos de todas aquellas otras que quedaron por el camino.

 

CIENCIA

El cambio más perjudicial que la ciencia victoriana provocó en nuestra actitud hacia la naturaleza radica en la exigencia de que nuestra relación con ella haya de ser intencional, laboriosa, en busca de un saber más amplio.

Darwin hizo de la inocencia expresiva, del acercamiento a la naturaleza como experiencia básicamente personal o estética, algo casi nocivo. Propuso un mecanismo tan férreo que hizo que toda aproximación humanista empezara a parecer pueril.

La observación directa deriva de una compleja diversidad de hebras: de la suma de los recuerdos del pasado y las percepciones del presente, de tiempos y lugares, de la historia colectiva y la historia particular… una realidad muy alejada de esa capacidad específica de la ciencia para analizarlo todo. Es la quintaesencia de lo agreste, eso que tan poco gustaba a mi padre, algo irracional muy cerca de la naturaleza en su estado más salvaje, a pesar de nuestros esfuerzos por ‘ajardinarlo’ todo.

La mayor riqueza que podemos extraer de nuestra existencia personal se deriva de esta conciencia sintética de la realidad tanto interna como externa. Y lo es en gran medida porque sabemos que escapa y rehúye la capacidad analítica, o destructiva de la ciencia.

CAOS VERDE

Una de las nociones más antiguas y extendidas de la mitología y el folclore se ha centrado en torno a la imagen del ser que vive en los árboles. Suele ser un personaje

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[manzano de crecimiento espontáneo, Montseny]
esquivo que posee el poder de ‘fusionarse’ con los árboles, y estoy seguro de que si este mito nos resulta tan atractivo y su influjo sigue siendo tan profundo y universal, se debe a que cada uno de nosotros lo llevamos dentro y lo rescatamos de manera recurrente.

Esta idea del hombre verde como emblema de la estrecha relación existente entre lo que es la conciencia actual y lo que la ciencia ha venido censurando en la relación del hombre con la naturaleza (es decir, el lado “salvaje” de la misma) me ayudó a cuestionar mi viejo yo seudocientífico.

Cualquier científico podría decir, cargado de razón, que toda forma y toda actuación de la naturaleza es puramente intencional diseñada para lograr la supervivencia. Pero para los no científicos gran parte de esa intencionalidad permanece oculta y la impresión que recibimos es la de que no hay nada que la inmensa variedad de la naturaleza parezca ocultar, nada más que un caos verde en lo más profundo de su esencia que nosotros podemos utilizar y explotar a nuestro antojo, con una conciencia libre. El caos verde. O un bosque.

Regresamos todas las noches al caos verde, a las profundidades de los bosques que, a la vez, nos sirven de refugio inconsciente, y según los psiquiatras este fenómeno resulta esencial para la mente humana. Sin este proceso, la mente se desintegraría y se volvería loca.

Si valoro la existencia de los árboles por encima de todo es por su correspondencia natural con los procesos más misteriosos y más selváticos de la mente, y también porque son los mensajeros más auténticos y más reveladores de la naturaleza al completo, los que más próximos se encuentran de su verdadera identidad.

ELEVACIÓN

No hay religión que sea la única religión, igual que no hay Iglesia que sea la verdadera Iglesia. Y la religión natural, enraizada en el amor a la naturaleza no es ninguna excepción, pero nuestros bosques resisten aún como los últimos fragmentos de una naturaleza relativamente inalterada, son los emisarios más accesibles y los encargados más fiables de transmitirnos de una manera directa la identidad, el saber y el mensaje de lo que estamos a punto de perder: nuestro yo más oculto.

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[Hayedo en las laderas del Turò de l’Home, Montseny]
Tal vez que hallara cierto sentimiento religioso en mi intensa devoción por los bosques se deba a que nunca tuve una verdadera religión a la que seguir. Sus misteriosas atmósferas, sus silencios, sus pasillos con esas naves con columnas de las que se apoderó Baudelaire en su famoso verso sobre el templo de pilares vivos…. Elementos que han de inspirar por fuerza cualquier lugar sagrado construido por el hombre.

Pero los árboles distorsionan el tiempo o, más bien, lo que hacen es crear una variedad de tiempos: aquí denso y abrupto, allí calmado y sinuoso. Nunca lento y pesado, nunca mecánico ni ineludiblemente monótono. Todavía experimento todas esas impresiones cuando me aventuro por alguno de los innumerables y secretos bosquecillos donde ahora vivo. Es casi como dejar tierra firme y poder entrar en el agua, en otro medio, en otra dimensión. Cuando era más joven vivía estas sensaciones con mucha intensidad. Escabullirme entre los árboles era como desaparecer en el mismo cielo.

John_Fowles
John Fowles [imagen de Wikipedia]
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